orlando santana cabrera, españa
De pronto todo se detiene: los relojes se paran y todo el mundo intuye y después entiende su inutilidad. Las olas se amansan y el siroco se queda tendido en la arena sin ganas de levantarse. Y los nenúfares en el estanque circundan a las sagitarias formando bellos escudos de colores brillantes bajo el sol. Las hojas caídas del árbol no se mueven de donde cayeron, y mil besos cuelgan tiritando de mis labios porque nunca llegarán a tus labios. Hasta el de Roma se queda con la mano alzada para arrojar una bendición que jamás llegará a su destino. ¡Ay, destino, sí, que te ignoras a ti mismo! Mas es necesario que vuelvan a circular las menudas agujas de los relojes, y que se levante con furia el siroco y que los nenúfares vayan a la deriva y que el viento arrastre y disperse las hojas caídas de los árboles. Que nieve y hiele es mi deseo, oh borrasca, que el huracán arroje mi casa al abismo y la bendición del que se sostiene en el precioso cayado o báculo de Roma llegue con audacia a los niños de las moscas, y, al fin, que los besos que laten en mis labios alcancen los besos que palpitan en los tuyos.
Orlando Santana Cabrera
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Por lobitogabriel - 24 de Octubre, 2006, 17:10, Categoría: poesia
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